
- Javier Vaquero forma parte de Laintersección y, además, dinamiza proyectos de cultura comunitaria. En este artículo explora las relaciones entre el trabajo narrativo y el cultural.
Un día, durante una de las sesiones de Cuerpo-Travesía, nos pusimos a pensar en las memorias que la danza despierta en nuestros cuerpos. Cada persona compartió una, entre tantas que llevamos dentro. Esto es lo que nos contó Tati:
«De mi travesía, puedo decir que la música y el baile siempre han sido parte de mi vida. Vienen de mi familia y de mi pueblo natal, donde la alegría y la fiesta nunca faltan. En mis primeros años, pasé mucho tiempo jugando y bailando en el patio de mi abuela. Teníamos un bar justo enfrente, y en cualquier descuido corríamos a bailar los merengues más sonados de la época. A partir de los 9 o 10 años, en los años 70, empezamos a oír bachata, aunque solo cuando pasábamos cerca de burdeles, cabarets y bares de mala muerte. Estaba prohibida y se consideraba música indecente, de amargue y borrachera. Pero mi hermano mayor, que había aprendido a bailarla en esos lugares, la llevó a casa y, a escondidas de nuestra madre, nos enseñaba diciendo: «¡Vengan, mujeres, aprendan a bailar bachata, que ustedes no saben de qué van a vivir!» Ya en los 80, la bachata se extendió como pólvora por los campos y poco a poco fue conquistando todo el país. Luego, con la emigración, la llevamos al mundo, dándola a conocer junto con su sensual forma de bailarla. Hoy, después de muchos años en Madrid, sigo bailando y enseñando bachata a todo aquel que quiera aprender».
Tati es de Peralta, en la provincia de Azúa, República Dominicana. Vino a Madrid a finales de 1991 y desde entonces vive aquí, donde han nacido dos de sus tres hijos. Cuerpo-Travesía fue un proyecto cultural comunitario desarrollado en Intermediae (Matadero Madrid) por Marina Santo y Javier Vaquero junto a personas migrantes y solicitantes de asilo, entre octubre de 2024 y mayo de 2025. Durante meses, el grupo se reunió para bailar, conversar, crear y cuidarse. No se trataba de montar una pieza escénica ni de “visibilizar” historias migrantes, sino de generar un espacio donde esas historias pudieran aparecer si así lo deseaban sus protagonistas.
Con el tiempo, las personas no solo compartían pasos o músicas: compartían recuerdos, gestos, maneras de estar en el mundo. Sin buscarlo explícitamente, el grupo fue construyendo un relato común. No un discurso cerrado, sino una experiencia compartida desde la que contar sus historias de migración de otra manera.
Ese proceso ayuda a entender algo que a menudo olvidamos cuando hablamos de cambio narrativo: muchas historias que pueden cambiar el mundo comienzan en los espacios donde la gente puede encontrarse, reconocerse y construir sentido juntas.
Fotos de Intermediae – Matadero Madrid (CC by-nc-sa).
El clima que hace necesarias otras historias
En los últimos meses, los discursos de odio hacia las personas migrantes han vuelto a ocupar el centro del debate público. En Estados Unidos, la intensificación de las políticas de control migratorio y las actuaciones del ICE no solo producen expulsión material, sino que fabrican un relato persistente: cuerpos convertidos en amenaza, en problema o en expediente administrativo. Un relato que niega la posibilidad misma de narrarse.
En el ecosistema mediático de España y Europa, también se reproducen historias que reducen la migración a emergencia, coste o conflicto, dejando fuera la dignidad de las vidas que se sostienen, se organizan y crean comunidad. En este contexto, la pregunta no es únicamente cómo garantizar derechos humanos, sino qué historias circulan, quién tiene el poder de contarlas y cómo esas historias están contribuyendo a que se nieguen esos derechos.
Las historias no solo se cuentan: se practican
Como se intuía en la experiencia de Cuerpo Travesía, el cambio en las historias que circulan sobre la migración nace en las prácticas: en los espacios que se habilitan, en quién toma la palabra, quién pone el cuerpo y cómo se organizan los vínculos.
Desde esta perspectiva, las prácticas culturales comunitarias no son solo espacios de expresión, sino infraestructuras que contribuyen a crear relatos. Y estas infraestructuras no actúan únicamente en el plano del “qué se dice”, sino en el de cómo se produce sentido colectivamente. Antes de que un relato circule públicamente, existe una experiencia compartida que lo hace posible. Antes de enunciar relatos, están las prácticas que hacen posible que los pongamos en común.
En Cuerpo Travesía, la danza fue ese lugar. El proyecto generó espacios de encuentro, cuidado y creación colectiva, partiendo de una premisa sencilla: el cuerpo es un espacio de pertenencia desde el que se pueden tejer alianzas y producir sentido compartido. Bailar juntas era, en sí mismo, una forma de decir: estamos aquí, tenemos memoria, tenemos ritmo, tenemos historia.
A través de la repetición del encuentro y de la gestión colectiva del proceso, la comunidad fue construyendo un relato propio, no necesariamente verbal ni inmediato. Un relato que no nació para ser difundido, sino para ser vivido primero. Sólo después, si la comunidad lo decidía, se traducía en celebraciones, publicaciones o piezas audiovisuales.
Lo comunitario como antesala del derecho
Esta producción de historias no está desligada de los avances materiales. Procesos como la regularización extraordinaria que se prevé en España no surgen únicamente de la negociación institucional, sino de años de trabajo colectivo, de comunidades organizadas que han sabido sostenerse, nombrarse y hacerse visibles a través de encuentros, campañas y acciones compartidas.
Antes de que un derecho se escriba, existe como práctica social. Antes de que una historia circule, existe como experiencia compartida. La cultura comunitaria opera precisamente en ese umbral donde la comunicación también actúa: donde lo simbólico y lo político se entrelazan.
Condiciones para producir historias colectivas
En la reflexión sobre Cuerpo Travesía nos preguntamos cómo podría ser un proyecto comunitario que incorporara de forma consciente la posibilidad de cambiar las historias que circulan sobre la migración. Al hacernos esa pregunta, las necesidades, condiciones materiales y agentes implicados se multiplicaron.
Algunas de esas condiciones serían:
- Proyectos de larga duración, que no apresuren los tiempos. La confianza, la creatividad colectiva, los vínculos y la fuerza para sacar los relatos al espacio público no se construyen rápido.
- Articulación con organizaciones e instituciones afines, capaces de generar red, reconocer estrategias narrativas y políticas y activar alianzas sostenidas. Alianzas que pueden aportar recursos a las comunidades, pero también ampliar o generar acciones conjuntas de incidencia, así como instituciones culturales y no culturales que pongan sus recursos a disposición de la ciudadanía.
- Una estrategia de comunicación continua, siempre consensuada con la comunidad e integrada en todo el proceso, no solo al final. No entendida como un espacio de autopromoción, sino como un espacio para contar historias y permitir que los valores del proyecto permeen.
- Espacios de exposición y celebración, como verbenas, publicaciones o fanzines, que permitan compartir lo producido en términos propios y sensibilizar, desde la producción cultural, a públicos concretos.
- Procesos reales de gestión y evaluación colectiva, donde el proyecto pueda ir soltándose y sea la propia comunidad quien lo sostenga.

Este artículo intenta poner en valor la alianza entre prácticas culturales y comunicación como una vía para generar cambios más sistémicos. En una utopía cercana, necesitaríamos una cultura comunitaria capaz de aprovechar la energía de sus prácticas (sin instrumentalizar a las comunidades) para que esa energía atraviese burbujas y transmita valores. Y, al mismo tiempo, una comunicación dispuesta a aprender de las lógicas culturales para ampliar sus formas de hacer y de relacionarse con otras comunidades, incluso cuando los tiempos sean lentos.
Sostener las prácticas
En un contexto de discursos de odio y cierre de fronteras, defender espacios donde las personas migrantes puedan encontrarse, crear y narrarse no es solo una apuesta cultural. Es una intervención profunda en la manera en que nos contamos la sociedad, porque quien no puede narrarse queda atrapade en el relato de otres.
Tal vez el reto no sea únicamente cambiar las historias dominantes, sino sostener las prácticas que hacen posibles que se cuenten otras historias. Y ahí, la cultura comunitaria no solo acompaña el cambio narrativo: lo produce.



